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La empatía requiere hacernos una idea del que significa para el otro encontrarse en una situación determinada, cómo debe sentir y pensar, saber qué hará.

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Nora se pregunta cómo puede aumentar su autoestima, tiene exceso de empatía.
Tiene muchos amigos, su trabajo de maestra infantil le gusta, ha formado una familia con en Pau y han tenido un niño y una niña. Aun así, explica que se considera demasiado empática: a menudo en las relaciones con los otros le pasa que adopta su punto de vista  tan intensamente que ya no sabe lo que ella misma piensa, y pierde de vista sus razones y necesidades. A veces, se siente confundida e incapaz de dar su opinión.

Nora ha dejado de verse a ella misma.

La empatía a menudo es definida como la capacidad para ponerse a la piel del otro, sentir las mismas emociones que siente el otro o hacerle de espejo, y esta manera de definirla a menudo nos confunde. Pensamos que ser empático consiste en experimentar lo mismo que otra persona, tanto si es alegría, como si es tristeza o dolor. En realidad, la empatía es mucho más compleja, y requiere hacernos una idea de lo que significa para el otro encontrarse en una situación determinada, cómo deben ser las emociones que experimenta, a partir de sus características, cómo pueden ser sus pensamientos, e incluso saber qué hará a partir de este momento. No basta con preguntarnos “¿qué haría yo en esta situación?”, sino que requiere salir de nosotros mismos y usar la información que nos da el otro para comprender su comportamiento actual y futuro, ciertamente parecido al nuestro en algunos aspectos, y también extremadamente diferente en otros. Por ejemplo, podemos entender que nuestro amigo esté triste porque su hijo de 25 años ha marchado de casa, pero hay que saber toda la importancia que volcaba en aquella relación padre-hijo para comprender que la tristeza lo paraliza hasta el punto de no ser capaz de concentrarse en su trabajo.

A menudo reaccionamos intentando dar ánimos, ofreciendo una visión de positividad acerca de una problemática o de una situación complicada. La mayoría de veces, las personas con un problema que experimenta como grave o repetitivo, o de difícil solución, reciben esta actitud con cansancio y sentimiento de incomprensión. Al contrario, lo que las hace sentir comprendidas es el saber estar, la presencia, sentir que por muy duros que sean sus sentimientos, el otro no se se apartará de su lado y podrá compartirlos sin desfallecer.

Jan querría poder mantener sus amistades más a largo plazo, y establecer una relación amorosa estable, con futuro. Explica que pone todo de su parte, y, aún así, se acaban generando peleas y espirales de incomprensión que sólo se pueden truncar con la separación, aunque existe un sentimiento de estimación y una vinculación ya establecida. Lo hace todo para que el otro pueda confiar en él y saber que no ahorrará fuerzas y recursos para ayudarle a resolver, no importa qué dificultad atraviese. No entiende cómo, dando tanto, pueda recibir tan poco.

En el caso de en Jan, podemos hablar de dependencia, más que de empatía. Sólo se ve a él mismo, y confunde su necesidad de ser importante con el bien del otro.

La actitud de dar por sentado que aquello que nosotros tenemos para ofrecer es bueno para el otro, por el solo hecho que a nosotros nos haría muy bien en aquella situación, no sólo es ingenuo, sino que puede llegar a ser intrusivo e impositivo. Se olvida a menudo que el componente primario de la empatía, conjuntamente con la aceptación, es la escucha.

El ser humano nace sin sentido de la moral, y lo desarrolla a lo largo de su crecimiento. Nace totalmente dependiente del otro, fusionado con la figura materna que le da alimento a través de su propio cuerpo. A continuación hace una primer movimiento de separación, en que la norma es la consecución de su propio placer y beneficio. Después aprende lo que está bien y lo que está mal, y, por fin, alrededor de la adolescencia, se da cuenta de que existe una instancia social y que puede hacer algo para los demás. Para algunas personas el hecho de hacer el bien se convierte en un lema que les impide verse a ellas mismas.

Autora: Maria Monini

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