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14190235268_6baede0693_o_d[1]Cómo afrontar el riesgo de suicidio en psicoterapia? En este texto encontrareis algunas pautas de evaluación y de intervención.

En la práctica clínica es probable, estadísticamente hablando, que el psicoterapeuta reciba personas con pensamientos de muerte. La presencia de pensamientos de muerte no equivale a pensamientos de suicidio.

Los pensamientos de muerte pueden no afectar específicamente a la persona, pueden ser vistos como “extraños” y pueden llevar a la persona ad un estado muy incómodo, con pensamientos no deseados y egodistónicos.

En general, durante la terapia, especialmente cuando se trabaja con las temáticas que llevan una fuerte componente emocional, tenemos que prestar mucha atención a la hora de preguntar al paciente para no deteriorar la relación terapéutica y para no generar sugerencias implícitas o una distorsión involuntaria de los pensamientos, como sugerir los significados propios del terapeuta en la narración del paciente.

Cuando los pensamientos de muerte se refieren al propio sujeto e incluyen un deseo de muerte, de desaparecer, o incluso la intención de quitarse la vida, el profesional de la salud deberá tener conocimientos y habilidades que le permitan evaluar el nivel de riesgo y, sobre todo, ofrecer la ayuda adecuada.

La crisis puede ser el motivo de la consulta y el paciente puede hablar directamente de sus propósitos o sus ideas suicidas. En otros casos, es el clínico que investigando y preguntando al paciente detecta la presencia de estos pensamientos.

En ambos casos si existen estos pensamientos negativos, es necesario investigar

el grado de riesgo general.

Hay algunos factores que generalmente se consideran factores de riesgo, los cuales claramente no son determinantes, pero deben ser considerados como indicadores clínicos importantes, ya que aumentan la probabilidad de llevar a cabo conductas suicidas.

Entre estos factores los principales son: aislamiento social, consumo de sustancias, como el alcohol y la presencia de un trastorno mental grave, especialmente la depresión.

También constituyen factores de riesgo los intentos anteriores de suicidio del paciente o episodios similares a nivel familiar.

Además, hay edades en las cuales la presencia de este tipo de pensamiento es estadísticamente más frecuente. Trabajando con adolescentes no es raro enfrentarse a este problema, y el hecho de ser una persona mayor que sufre de aislamiento social también es considerado un factor de riesgo.

En la práctica clínica es útil tener referencias teóricas que permiten clasificar el riesgo suicida según diferentes gravedades.

Se han teorizado cuatro grados de severidad del riesgo: leve, moderado, severo y extremo.

Los factores que nos ayudan a hacer una distinción, aunque reduccionista, son la tipología de ideación, la presencia o menos de un plan suicida, la capacidad de autocontrol versus la impulsividad y el apoyo social.

Utilizando esta categorización un riesgo leve supone una ideación poco frecuente con una baja intensidad y sin un plan de acción concreto, una capacidad de autocontrol suficiente y una red social cercana a la persona.

El riesgo extremo, es decir, el nivel más elevado de gravedad, que constituye el polo opuesto en esta escala, se caracteriza por ideas suicidas frecuentes y de fuerte intensidad, existencia de un plan o planes definidos, falta total de apoyo social y falta de autocontrol. Éste es el caso más grave porque no existen factores protectores y por esta misma razón, dado el alto riesgo, se necesitan medidas precisas de que pueden equivaler a una internación, voluntaria o involuntaria.

Esta categorización ayuda al clínico a dirigir la terapia hacia un plan de acción terapéutico definido para la prevención y la reducción del riesgo.

 

De acuerdo con la perspectiva cognitivo-constructivista, la intervención psicológica tiene como objetivo crear alternativas, con la intención de salir de la constricción cognitiva que bloquea al paciente.

Resulta fundamental a través de la psicoterapia aumentar el sentido de apego, buscando nuevos o antiguos escenarios donde el/la paciente pueda vincularse.

El proceso psicoterapéutico incluye un trabajo individual dirigido a reactivar y empoderar a la persona, y, a nivel interpersonal, es necesario mejorar la red social. Para las personas con ideas suicidas salir de esta situación de crisis implica reconectarse con sus deseos y sus necesidades, para volver a despertar interés en la vida. Para ello, es fundamental mejorar la autoestima, de manera que puedan ser parte activa en el proceso terapéutico y generar un cambio.

Autor del artículo: Alessandro Zumerle, psicólogo y psicoterapeuta

(En formación prácticum Máster Terapia Cognitivosocial, UB)

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