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El riesgo de suicidio requiere una intervención focalizada en aumentar el sentido de apego a la vida y maximizar los recursos de la red social.

Photo by Daniel Frank from Pexels

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El paciente con riesgo de suicidio llega a terapia con un gran sentimiento de desesperanza: el suicidio para la persona es la única alternativa para afrontar el sufrimiento presente. Se podría decir que su sistema epistemológico personal está en ruinas: los constructos por los que se ha regido ya no son útiles para predecir acontecimientos. El problema está saturando los significados en una secuencia temporal vista como repetitiva, donde la persona no puede captar la diferencia entre diferentes secuencias temporales del problema. El estado interno de la persona sería el abatimiento. En muchas ocasiones, afrontar un proceso psicoterapéutico es la última esperanza que tiene el paciente. Por esto, al comenzar la entrevista es de especial importancia (aunque siempre lo es) tratar con respeto y tacto la construcción que hace el paciente de su problemática, sin pretender minimizar o dar falsas esperanzas en torno al pronóstico y la “curación”. A la misma vez, la persona debe de sentir que estamos implicados para con ella. Casi en la mayoría de los casos, el terapeuta es la única persona con la que puede sentir el paciente que va a ser escuchado y se tomará en consideración su discurso. Los pensamientos de suicidio están íntimamente ligados a la percepción de aislamiento social. Generalmente, cuando el sistema epistemológico personal colapsa, posterior a la agitación y a los síntomas ansiosos, surgen los síntomas depresivos. Los síntomas depresivos fomentan las emociones y cogniciones que, según el cognitivismo clásico, se agrupan bajo los esquemas cognitivos de Desamparo e Imposibilidad de ser amado, como describió Aaron Beck. Por tanto, los esquemas cognitivos en su amplio sentido incrementan el aislamiento, así como los síntomas depresivos. Desde un punto constructivista, los constructos generados en el ámbito interpersonal ya no pueden predecir lo que sucederá: se pierde el sentido del self y del mundo. Ambos puntos de vista deberían considerarse complementarios, más allá de las oposiciones epistemológicas.

Los puntos más importantes a tener en cuenta para realizar una buena valoración y organizar la intervención son el sentido de apego, la posibilidad de construir alternativas y la exploración de la red de apoyo. Incrementar el sentido de apego es prioritario cuando hay riesgo de suicidio. En este sentido, la figura del terapeuta puede ser la última esperanza, y aumentar el sentido de apego puede significar dar a entender de una forma implícita que no está sola y combatir el sentimiento de desamparo. Podemos hipotetizar que desarrollar una buena vinculación puede nutrir emocionalmente a la persona contrarrestando la privación emocional debido a los síntomas depresivos o a posibles carencias en la familia de referencia. De ahí la importancia del vínculo terapéutico para introyectar nutrición emocional y reconstruir el sistema epistemológico personal. Dicha reconstrucción se relaciona inevitablemente con la construcción de alternativas. El sistema de la persona está deteriorado, sin esperanza en un futuro, por ello es de vital importancia pueda volver a ser predictivos del self , los demás y el mundo. La reelaboración de los significados o su sustitución por otros más adaptativos fomenta la construcción de alternativas.

Inevitablemente, no hay construcción de alternativas, sin que exista un otro, es decir, la red de apoyo. Explorar la red de apoyo, o ayudar a generarla, es congruente con romper el aislamiento que promueve en gran parte los pensamientos de suicidio y aumenta el riesgo de suicidio. Seguramente la persona ha dejado de hacer cosas que le apasionaban con uno mismo y con los otros. Además, volver a poner en funcionamiento u optimizar la red de apoyo promueve el sentido de apego y, en última instancia, a la vida.

Esta situación de trabajo sobre el incremento de apego en la figura del terapeuta supone una alta presión para el psicoterapeuta, pues la responsabilidad deontológica recae en él. El riesgo de que el paciente lleve a cabo un intento de suicidio estando en terapia se puede contrarrestar utilizando un contrato terapéutico donde la persona se comprometa a no realizar ningún acto autodestructivo mientras dure la terapia, y a ponerse en contacto telefónicamente con el terapeuta si está excesivamente alterado para poder manejar la situación con sus propios recursos. El contrato puede utilizarse como un medio para aumentar la vinculación y el compromiso con la vida y demostrar al paciente que alguien está realmente interesado por lo que él tiene que decir. En estos momentos, las devoluciones que incluyan las preocupaciones del profesional acerca de la vida de la persona que atiende y de su biografía harán por lo general que el paciente se sienta comprendido. Adicionalmente, en estos momentos puede ser muy útil redefinir la problemática, mostrándole que cuenta con algunos recursos y que existe una esperanza que no apela a una “cura inmediata”, pero que aumenta el sentido de competencia personal deteriorado.

Enlaces últiles: Associació Catalana per a la Prevenció del Suïcidi

Autor del artículo: Francisco José Iruela Bustos, Psicólogo y Psicoterapeuta

Prácticum Máster Terapia Cognitivo Social, UB.

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